domingo 16 de noviembre de 2008
Novedades. AC/DC - "Black Ice"

Cuando Black Ice, el nuevo disco de AC/DC, ya lleva semanas a la venta y más aún circulando por internet, el que más o el que menos ya tiene su propia opinión formada. ¿De qué sirve la mía a estas alturas? Sencillamente, creo que a ustedes de bien poco, pero un servidor se va a permitir el lujo de soltar su rollo, pues pocas veces uno puede embarcarse en el ejercicio de estilo que supone criticar algo que todo el mundo conoce y valora, tratando de aportar a su vez algo nuevo al coro de voces. Y si eso era ya interesante cuando los australianos sacaron sus anteriores álbumes, esta vez lo es un poco más, porque vaya a saber usted por qué, después de más de tres décadas ininterrumpidas entre los más grandes del rock, no ha sido hasta este 2008 cuando se ha reconocido a la banda de los hermanos Young su posición en el olimpo musical. Ahora todo el mundo opina sobre ellos, los ha seguido toda la vida, señala que los prefería con Bon Scott, y el resto de tópicos al uso. No les extrañe que en su próxima visita a España veamos a Mar Flores saliendo de uno de sus conciertos, como sucedió en la última gira del Boss. AC/DC son ahora patrimonio de la humanidad. Y lo merecen, no cabe duda, pero a la hora de analizar lo que vale este Black Ice uno, a menos que escriba en el EP3, el Mondo Sonoro o la Rolling Stone, no ha de plantearse lo que supone para las vidas de los que van a colocar el CD en la guantera junto al anterior de Anastasia, el último de Madonna y un grandes éxitos de los Stones, sino para los que mantuvieron a la banda entre 1981 y 1990, cuando AC/DC, pese a ser tan grandes o más que ahora, eran tratados como unos apestados supervivientes de la generación de los dinosaurios del rock. ¿Qué aporta Black Ice a los seguidores del rock? ¿Qué supone para los que han traído a la banda hasta aquí?

Para ambos grupos hay una respuesta rápida, sencilla y obvia: una alegría. Sólo los más pejilleros pondrán alguna pega a la salida de un nuevo álbum de Angus y cía, pero para cualquier rockero de a pie una nueva entrega de los australianos (siempre que no se salgan del redil y despotriquen de sus esencias) siempre es bien recibida. Es más, el cariño que profesamos al quinteto es tal que no es extraño que, a la primera impresión de su nueva oferta, nos entreguemos a ella con excesivo entusiasmo (les hablo desde la experiencia). Sin embargo, superada la emoción del reencuentro con ese familiar tan querido que es el sonido de la banda, debe llegar la valoración con calma. Lo primero que salta a la vista de Black Ice es que es un disco largo, el más largo de una carrera que no presume, precisamente en su etapa post Back In Black, de contar con muchos discos completos. Así pues, cabían dos posibilidades, que durante la larga pausa desde Stiff Upper Lip AC/DC hubieran compuesto tantos temas buenos que no pudieran haber rebajado de quince la lista de los inmensos -con lo que estaríamos ante una obra maestra-; o bien que hubieran decidido compensar la prolongada ausencia con más material. Y lamentablemente, cabe señalar, Black Ice no es una obra maestra.

El disco se abre fuerte con su primer single, Rock N Roll Train, que sin ser un tema tan espectacular como parecía en la primera impresión (excepto en el detalle de los coros, que aporta un toque más enérgico, la canción repite la fórmula del primer single de sus dos últimos discos, correcta pero por debajo de su producción pre Razors Edge), pone el álbum en una buena dirección; dirección que secunda Skies On Fire, otra canción que no brilla individualmente pero que, también en el aspecto coral, recuerda ligeramente a los buenos temas secundarios de discos infravalorados como Fly On The Wall o Blow Up Your Video. Big Jack acelera la cadencia y se agradece, porque hasta ese punto no era muy rápida, aunque la distorsión lánguida de guitarra que los hermanos Young se gastan desde Ballbreaker no lo impulse hasta donde podría llegar. Tras ella llega Anything Goes, un tema muy comercial que apunta a futuro single para todos los públicos, y que podrían cantar a dúo con la ya citada Anastasia. A mí personalmente no me molesta, sino más bien al contrario, me agrada su presencia, pues rompe con la tónica habitual y aporta variedad y un tono festivo al álbum, aunque supongo -porque no he leído muchas críticas- que habrá recibido bastantes palos. No imagino que haya tenido el mismo recibimiento War Machine, que en cambio para mí es la primera sobrante. Excesivamente similar a Hail Caesar, trata de ser sombría pero no roza las cotas de temas oscuros y poderosos como Razors Edge. En un tono bajo se mantiene Smash N Grab, que se eleva ligeramente gracias al estribillo (apartado en el que han continuado la remontada después del bajón de Ballbreaker), mientras que Spoilin' For A Fight se asoma un poco más, rememorando de nuevo las secundarias ochenteras antes mencionadas.

Wheels, en cambio, es para mí la joya oculta del álbum (y digo oculta porque parece que está descartada en los setlists de su presente gira); un rock n roll directo y enérgico que sería capaz de hacer bailar a un estadio, de los pocos del álbum que resisten la comparación -aunque sin salir airada- de clásicos segundos singles de la era Johnson como Money Talks o That's The Way I Wanna Rock N Roll. Es tal su nivel o tan regular el de los temas que lo siguen, que tras él el álbum ya no alcanza ninguna cota similar (y eso que marca su mitad). Decibel, sin ir más lejos es otro de esos blues cadenciosos y sencillos que aparecieron en sus dos últimas entregas, y que tan bien empleados fueron por la crítica selecta para vestir de elegancia a una banda sobre la que tanto habían despotricado hasta entonces. Esa calidad, está en cambio en la más original Stormy May Day, en la que da gusto escuchar el slide en el riff de base, aportando otro toque original al álbum. Sin embargo la alegría dura poco, porque tras ella el álbum se desinfla con dos temas vulgares, y no consigue recuperarse ni con la interesante Rock N Roll Dream (la mejor de lo que queda), pues la también vulgar Rocking All The Way la diluye en el grupo, y el tema que cierra el álbum y le da título, no es precisamente una joya, sino más bien otro de los temas correctos pero justitos con los que han regado sus dos últimas entregas.

El balance general parece pues bastante mediocre, pues son más -o al menos la mitad- los temas prescindibles, pero mirado de otro modo el disco contiene más canciones brillantes que las dos últimas entregas de la banda. Se podría decir pues que AC/DC podrían, de haber eliminado los temas adecuados, haber conseguido un disco más sólido, pero ¿cuáles son los adecuados? Si la elección estuviera en mi mano, creo que nos encontraríamos con el disco más rico de la era post Razors Edge, con temas comerciales, rocks directos y alguna pieza sobria pero curiosa; aunque si nos fiamos de lo que seguramente habrán apuntado las mentes más preclaras de la crítica musical, el disco podría ser un álbum oscuro, más en la línea de Ballbreaker. No obstante, el único disco posible es el que hay, y es un disco desequilibrado y largo, que emociona por lo que significa ahora cuando sale, pero que no sólo no resiste la comparación con la era Bon Scott -es obvio-, sino que tampoco recupera a los AC/DC, no ya de Back In Black (su obra maestra), sino de finales de los ochenta, cuando facturaron sus últimos himnos definitivos. Sinceramente creo que podrían volver a ese nivel pero, por desgracia, cuando estaban en él la prensa les vilipendiaba, y parece que han identificado la popularidad que ahora gozan con sus más sobrios últimos discos y no con el prestigio que tienen merecido. Una pena.